martes, 10 de noviembre de 2015

Desde la barrera: traductores en la sombra

Estos días he empezado el máster de traducción de la UV y, entre lo que hemos visto en clase, ha habido un artículo que debatimos: «Un secreto bien guardado», publicado en el año 2000 en el Translation Journal por Daniela Camozzi y Daniela Rodrigues Gesualdi.

En este artículo se comentaba la posibilidad de que parte de la «culpa» de la invisibilidad del traductor se debiese a la preferencia de este por no hacerse de notar. Una compañera discrepó y argumentó sus razones, pero creo que depende mucho del carácter de la persona que traduce y, en mi caso, sí estoy de acuerdo con tal enunciado. Así que, ya que en aquel momento se me quedaron cosas en el tintero, qué mejor que utilizar mi blog para explayarme y quedarme a gusto.

Recuerdo que cuando me hablaron del oficio de traductor, una de las razones por las que me encandiló fue por la típica imagen romántica: un artista de las letras que traduce libros con la ayuda de sus valiosos (e incontables) diccionarios. Años después, sé que los ordenadores son nuestros amigos, que existen los espacios de trabajo colaborativo y, sobre todo, que la traducción va mucho más allá de la literaria.

Eso sí, que lo sepa no quiere decir que me resigne a dejar pasar mi sueño de adolescencia. Sigo queriendo traducir literatura, novela si ya nos ponemos exquisitos y, para qué mentir, también fantaseo con horas y horas recluida con los diccionarios. Aunque, bueno, los acepto tanto en papel como en versión electrónica. Todo esto se debe en cierta parte a mi carácter, que coincide con el del traductor mencionado en el artículo objeto de debate.

Para mí, desde siempre, ponerme frente a otros ha supuesto todo un reto; recuerdo cómo me temblaban las piernas la primera vez que expuse frente a mis compañeros (y los conocía de toda la vida), lo mal que lo pasé en mi primer día como auxiliar de conversación, ya que en este caso me temblaba la voz y... en definitiva, en cualquier situación en la que no me pueda refugiar en un escrito. Es más, si lo puedo evitar, no llamo por teléfono y escribo mensajes de texto. Así pues, como imaginaréis, cuando me hablaron de la traducción por primera vez, creí que había encontrado la horma de mi zapato y, en consecuencia, lo pasé bastante mal durante las clases de interpretación.

En resumen, sí, la invisibilidad es algo que busco y con lo que me siento cómoda. Y vosotros, lectores, ¿qué pensáis? ¿Hasta qué punto queréis ser (in)visibles?

6 comentarios:

  1. Hola, Sandra:

    Me encanta tu descripción. Creo que soy también una romántica, porque me encanta tu descripción del oficio. Sí, yo también sigo soñando con convertirme en esa traductora.
    Yo me he aventurado en el mundo de la interpretación porque me lo pasaba genial en cabina, aunque sí, también me cuesta mucho la expresión oral en público "directo", aunque un poquito menos si me tapa el cristal de la cabina. Y con el paso del tiempo me he dado cuenta de que mis cualidades naturales me llevan más hacia el negro sobre blanco que hacia la interpretación. Dios dirá.
    En cualquier caso, distingo dos tipos de "invisibilidad". Por un lado, esa que mencionas en tu texto, ese rasgo de la personalidad con el que yo también me siento identificada, y creo que muchos más traductores (siempre con excepciones, claro está). Aunque hoy en día trabajar de forma solitaria no significa trabajar solo; más teniendo en cuenta la cantidad de grupos y plataformas para traductores y las redes de contactos que se crean entre profesionales.
    Y por otro lado, la invisibilidad de la profesión de cara al resto de la sociedad. Esa sí que no la comparto y no me gusta nada. Nunca quise ser famosa, sobresalir. Soy una persona discreta y hablar en público me supone un esfuerzo mayor. Pero creo que es necesario que se reconozca nuestro trabajo. Que nuestro nombre aparezca en los proyectos, en los libros, en las películas, al igual que aparece el de los ilustradores, editores y otros tantos profesionales. Realizamos un trabajo que consiste en "ser invisibles", en adaptarnos a las palabras de otros, pero precisamente por ello, si lo hacemos bien, merecemos que nuestra profesión se reconozca y sea mencionada. "Aunque no lo noté, por lo visto había un traductor como intermediario en esta novela". Hasta ese punto quiero ser invisible.

    ¡Interesantísima reflexión! Menudo rollo, me he puesto a escribir y me ha costado parar.

    Adriana Gil
    http://www.agilmar.com/

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    1. Hola, Adriana:

      Muchísimas gracias por tu respuesta, me ha encantado leerte y no se me ha hecho para nada largo. Vamos, es estupendo poder contar con más participantes a este debate y más si aportan argumentos nuevos.
      Espero que, ya sea en cabina o fuera de ella, te sientas a gusto con lo que hagas.

      Por otra parte, estoy totalmente de acuerdo con la necesidad de visibilidad de cara a la sociedad y el ejemplo que has dado es idóneo. Ojalá con el tiempo se naturalice la presencia del nombre del traductor en los proyectos. Al menos, que un posible interesado pueda saber quién ha hecho que esa obra extranjera suene tan natural en su lengua.

      Un abrazo,
      Sandra

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  2. El anonimato del traductor da ese toque romántico a la profesión pero estoy de acuerdo con Adriana, el trabajo bien hecho debe ser puesto en valor.

    Y sí Sandra, ojalá el tiempo ponga a cada traducción su traductor para que los buenos trabajos sean reconocidos.

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  3. Totalmente de acuerdo con Anónimo, yo llevo un tiempo trabajando con proyectos de www.bigtranslation.com y otras agencias de traducción y en la medida de lo posible se intenta siempre valorar el trabajo del traductor

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  4. Pues es cierto que el trabajo de traductor no se pone en el valor que merece, y el éxito de una peli o serie depende mucho de la calidad de la traducción.

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  5. Es verdad, yo soy aficionado al cine chino y en español no lo ve nadie pero es por lo mal que traducen las películas. A muchas les cambian casi el argumento, de chiste xd

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